Carlos Castro

 

Pasito con la abuelita (2004)

Con pliegues neoclásicos y cuchillos en plata falsa como única arma, la abuelita se rebela en contra de la ya asentada pose anarquista de sus nietos contemporáneos, argumentando con una voz lejos de parecer entrecortada, que de manera irreductible ya nada es como solía ser;

-¿O será que lo que fue, parece ser y al mismo tiempo sigue siendo lo que es?

Pregunta y prueba trascendente de la herida abierta que separa el pasado ajeno y espejo representacional lejano, de lo que es felizmente apropiado como contundente identidad, donde lo de ajeno no le quita lo de propio ni lo de contundente.

Sobre sillas acondicionadas con deliciosos tapizados, postra y aplasta los exquisitos pliegues de sus naguas que a manera de velo esconden la forma y contenido del derrière. Sobre exquisitos pliegues representados, enmarcados y colgados, arremete la mirada que aflora ahora desde el ano. ¿O será que lo que fue, parece y al mismo tiempo sigue siendo lo que es?

Con su vajilla decorativa, a manera de cosmopolitas escudos y comarcas conquistadas, la abuelita contiene y conmemora el legado de un pasado narrado, un presente imaginado y un futuro dócilmente aceptado. Corre la cortina y mira por la ventana esperando a sus nietos; a sus invitados;

-Y si no vienen; y si no vuelven; que manden una foto para reemplazar el último plato roto.

El muñón del descabezado es la prueba irrefutable de lo que es real pero que aparece como ausente. No es lo que se sabe, sino lo que se siente y lo que la abuelita siente es que no tiene setenta sino veinte. Que ya sabe múltiples idiomas, que ya conoce de arte. Pero se ha quedado sola en una sala donde solo hay invitados en un lienzo sentados y exquisitamente representados. Y como de la pregunta ya solo quedan los signos y en el medio un vacío; argumenta que lo mejor es quedarse con lo ausente porque ahí es donde mejor se siente.
Ahora sabe que del desecho al hecho hay corto trecho.


Juan Nicolás Donoso